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Jueves, 24 de noviembre de 2011.09:05h.  PEDAZOS DE NADA Por Domingo Hernández Peña: En la casa del callejón del Miedo vivían tres familias: Maloles, sola,
al fondo, en su cuarto oscuro; la familia de mi tío Rodolfo, a la
derecha, entrando; y la familia de mi padre, a la izquierda. En el
centro había un patio de inspiración andaluza, donde se encontraba el
aljibe. El patio, el aljibe, la cocina y el cuarto donde a veces tomábamos baño con una ducha Pedazos de nada (13)


(una especie de regador de plantas colgado en la pared), eran bienes
compartidos. Las necesidades fisiológicas las satisfacíamos entre los
escombros del "patio de atrás". Todo eso lo recuerdo de una forma
borrosa, imprecisa, como si estuviese perdido entre la neblina de una
película de terror: un terror difuso causado por las prioridades y
derechos de uso de los bienes compartidos. Gastar un poco más o un poco
menos de agua podía ser una cuestión de vida o muerte. Al final siempre
se imponía la voluntad de Rodolfo, porque al ser el primogénito tenía
más autoridad y más capacidad legal de decisión. Para colmo, a mi padre
lo movilizaron como soldado tardío del ejército de Franco. Cuando la
vida se hizo insoportable mi familia tuvo que abandonar la casa que
había sido de Maestro Antonio, y que pasó a ser de Rodolfo, sin que yo
sepa hasta hoy lo que sucedió con mi abuela Maloles. PEDAZOS DE NADA (15) 
Fuimos a vivir con mis abuelos maternos en la casa de labranza que yo
recuerdo como una especie de paraíso descompuesto. Un pedazo de
naturaleza, libre y desordenado, fascinante, perfectamente controlado
por Mandrea y humanizado por Pedro Peña. Mi padre fue el único que no se
adaptó bien. A él no le gustaban ni el campo ni los campesinos.
Trabajar con el sol en la espalda, agachado, era algo que no le seducía.
Y quien trabaja así -pensaba- sólo puede ser una mala persona. Pero las
cosas estaban como estaban y tener techo y comida era una verdadera
bendición. Los grandes sobresaltos desaparecieron. La vida se llenó de
monotonía; de extraña calma; de una especie de aburrimiento que podía
confundirse con el bienestar. Hasta que, de repente, sucedió algo que
nos volvió a estremecer. En un rincón apartado de la cocina grande y
ennegrecida por el humo, Mandrea matenía una colección de sacos que
cuidaba y vigilaba como se cuidan y vigilan los grandes tesoros
expuestos al público: sacos bien abiertos, como tentaciones, sin
amarrar, llenos hasta arriba de garbanzos, judías, lentejas, millo,
chícharos... Y, para que nadie se atreviera a tocar un solo grano, sobre
el contenido de cada saco había colocado una docena exacta de huevos
crudos... O sea: para meter la mano habría que romper o quitar huevos; y
como los huevos eran doce, ni más ni menos... Y fue lo que sucedió. Los
huevos empezaron a ser once, diez, nueve, ocho. Alguien se los estaba
llevando, sabe Dios para qué, o con qué intención. Las sospechas, por
deducción, apuntaban a mi padre. Pero no había pruebas. Y, sin que las
hubiera, Maestro Domingo se sintió acusado. Nos fuimos de la casa amada,
avergonzados y sin discutir, sin que las docenas dejaran de ser siete,
seis, cinco... Ya nos habíamos ido del todo cuando mi abuelo Pedro
descubrió que los huevos se los estaba llevando en el rabo peludo una
rata grande como un gato...
Por Domingo Hernández Peña (http://revivermais.blogspot.com/) Consultor de comunicación Colaborador de guiahistoricoculturaldetelde.com
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Es entrañable recordar nuestra niñez, tal vez la mejor etapa de nuestra vida.
Enhorabuena.