Guia Historico Cultural de Telde - PEDAZOS DE NADA (14 y 15)

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PEDAZOS DE NADA (14 y 15) PDF Imprimir E-Mail

Jueves, 24 de noviembre de 2011.09:05h.

PEDAZOS DE NADA
PEDAZOS DE NADA
Por Domingo Hernández Peña: En la casa del callejón del Miedo vivían tres familias: Maloles, sola, al fondo, en su cuarto oscuro; la familia de mi tío Rodolfo, a la derecha, entrando; y la familia de mi padre, a la izquierda. En el centro había un patio de inspiración andaluza, donde se encontraba el aljibe. El patio, el aljibe, la cocina y el cuarto donde a veces tomábamos baño con una ducha
Pedazos de nada (13)

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(una especie de regador de plantas colgado en la pared), eran bienes compartidos. Las necesidades fisiológicas las satisfacíamos entre los escombros del "patio de atrás". Todo eso lo recuerdo de una forma borrosa, imprecisa, como si estuviese perdido entre la neblina de una película de terror: un terror difuso causado por las prioridades y derechos de uso de los bienes compartidos. Gastar un poco más o un poco menos de agua podía ser una cuestión de vida o muerte. Al final siempre se imponía la voluntad de Rodolfo, porque al ser el primogénito tenía más autoridad y más capacidad legal de decisión. Para colmo, a mi padre lo movilizaron como soldado tardío del ejército de Franco. Cuando la vida se hizo insoportable mi familia tuvo que abandonar la casa que había sido de Maestro Antonio, y que pasó a ser de Rodolfo, sin que yo sepa hasta hoy lo que sucedió con mi abuela Maloles.

PEDAZOS DE NADA (15)

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Fuimos a vivir con mis abuelos maternos en la casa de labranza que yo recuerdo como una especie de paraíso descompuesto. Un pedazo de naturaleza, libre y desordenado, fascinante, perfectamente controlado por Mandrea y humanizado por Pedro Peña. Mi padre fue el único que no se adaptó bien. A él no le gustaban ni el campo ni los campesinos. Trabajar con el sol en la espalda, agachado, era algo que no le seducía. Y quien trabaja así -pensaba- sólo puede ser una mala persona. Pero las cosas estaban como estaban y tener techo y comida era una verdadera bendición. Los grandes sobresaltos desaparecieron. La vida se llenó de monotonía; de extraña calma; de una especie de aburrimiento que podía confundirse con el bienestar. Hasta que, de repente, sucedió algo que nos volvió a estremecer. En un rincón apartado de la cocina grande y ennegrecida por el humo, Mandrea matenía una colección de sacos que cuidaba y vigilaba como se cuidan y vigilan los grandes tesoros expuestos al público: sacos bien abiertos, como tentaciones, sin amarrar, llenos hasta arriba de garbanzos, judías, lentejas, millo, chícharos... Y, para que nadie se atreviera a tocar un solo grano, sobre el contenido de cada saco había colocado una docena exacta de huevos crudos... O sea: para meter la mano habría que romper o quitar huevos; y como los huevos eran doce, ni más ni menos... Y fue lo que sucedió. Los huevos empezaron a ser once, diez, nueve, ocho. Alguien se los estaba llevando, sabe Dios para qué, o con qué intención. Las sospechas, por deducción, apuntaban a mi padre. Pero no había pruebas. Y, sin que las hubiera, Maestro Domingo se sintió acusado. Nos fuimos de la casa amada, avergonzados y sin discutir, sin que las docenas dejaran de ser siete, seis, cinco... Ya nos habíamos ido del todo cuando mi abuelo Pedro descubrió que los huevos se los estaba llevando en el rabo peludo una rata grande como un gato...

Por Domingo Hernández Peña (http://revivermais.blogspot.com/)
Consultor de comunicación
Colaborador de guiahistoricoculturaldetelde.com

Comentarios (1)Add Comment
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escrito por Carla. , noviembre 24, 2011
Precioso relato; con un final inesperado, simpático y hasta creíble.
Es entrañable recordar nuestra niñez, tal vez la mejor etapa de nuestra vida.
Enhorabuena.

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